9 de agosto de 2016

La cámara de llamadas y el purgatorio

El dogma católico apunta a que el purgatorio es un estado o espacio transitorio en el que las almas de personas creyentes, una vez finalizada su vida corpórea, purgan sus culpas antes de llegar a la gloria o pudrirse definitivamente en el infierno.
Los agnósticos pueden refutar esta afirmación. Lo que no pueden hacer es negar la pertinencia de esa definición para las cámaras de llamadas en las competiciones olímpicas contrarreloj.
Estos sitios son espacios en los que, luego de haber calentado y estando listos para entrar al ruedo,los deportistas permanecerán los 35 minutos previos a salir a competir oficialmente moviéndose de una lado al otro, como en cautiverio, para no dejar los músculos estáticos.
En ese interregno, los jueces, oficiando de agentes aduaneros, revisan mochilas –en las que antaño no estaba permitido ningún tipo de objeto electrónico–, y los debidos trajes de competición con las siguientes restricciones: la marca deportiva representada en no más de dos centímetros cuadrados, un rótulo con el nombre de del país y el escudo del comité olímpico nacional –que cabalmente debe coincidir con el material de competición que se ha enviado a evaluación unos días antes en el congresillo técnico. Todo con el fin de evitar propaganda política, activismo o la liberalización del patrocinio, un tema que el Comité Olímpico Internacional custodia con celo canino.
En las cámaras de llamada del atletismo también estos jueces, ayudados de un palo con el que revuelven las pertenencias del deportista cual materia orgánica en descomposición, miden la longitud de los clavos de las zapatillas, nunca superiores a 6 milímetros. Si uno cree que los aeropuertos se extralimitan, en una competición internacional pocos muleros saldrían impunes, pues las revisiones pasan a ser repetitivas hasta en 3 salones consecutivos.
Entre sala y sala, y entre revisiones, lo único que queda es el silencio entre los atletas. Las miradas discretas por el rabillo del ojo, sin mostrar vulnerabilidad, pero tampoco nerviosismo. La defensa ulterior es, para los más introspectivos, recluirse en sus cavilaciones y mostrar seguridad, o para aquellos más provocadores y burlescos, desconcentrar al rival.
Finalmente, después de competir, la evacuación de los competidores sucede por un túnel trasero, en donde están agolpados los miembros de la prensa, quienes desesperados por cazar al ganador –o si lo hubiere al violento o peculiar–, se arremolinan a codazos, asunto que recuerda a la versión del Denis Rodman más clásico (la del basquetbolista, no el amante de Madona), dejando a agencias de noticias secundarias el espacio para entrevistar a atletas de países en desarrollo sin corresponsales acreditados.
Luego, tanto el ganador de la prueba como el deportista ungido por un sorteo, deberán cumplir un último trámite, el control antidopaje, en el cual el denominado vampiro, o bien extrae sangre, o bien pide una muestra de orina, sin despegar ojo del acto de micción, no vaya a ser que el atleta intercambie en un giro de prestidigitación pene por globo con orina de atleta pulcro, para no ser cazado con sustancias prohibidas en el análisis posterior, como haría algún levantador de pesas húngaro en los años 90.
En cualquier caso, sería tan divertido ver una cámara oculta en una antesala competitiva, como ver la competición misma. Si no, díganselo a Michael ‪#‎Phelps‬ y a Chad Le Clos antes de la final de 200 metros mariposa, en su particular paso por el purgatorio.

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