13 de mayo de 2016

¿La cultura no vale nada?


Publicado en Los Tiempos.
Esta semana se publicaba en El Deber un artículo de opinión titulado “Sobre la subvención a la cultura”, alegato en el que se minimizaba la utilidad de la cultura como bien público, olvidando su contribución al desarrollo.
Podemos teorizar con las posibilidades de la cultura como espacio de experimentación, como foro de discusión intelectual, como medio de resignificación de la realidad y como plataforma de interpretación de la identidad. Inclusive como símbolo de diversidad o estético, y luego de horas no llegaríamos a una respuesta unánime de para qué sirve la cultura, pues sirve para muchas cosas.
Lo que sí podemos hacer, ante un cuestionamiento tan utilitarista como el de por qué debemos invertir en cultura o no, con subvenciones o no, es el de resaltar su valor de mercado, para hablar un mismo lenguaje con aquellos argumentos vertidos por un individuo que no entiende la necesidad del Estado de Bienestar.
Y está en su derecho; lo que ya es más complicado, es minimizar la importancia de un sector que permea en otros –por eso ya se le llama economía creativa–, sin explicar la complementariedad de sus fuentes de financiación. Porque cuestionar la importancia de las subvenciones, sin entender las dimensiones de un sector, es cuando menos, temerario.
Son muchos los economistas y teóricos que han estudiado la importancia de la cultura en distintas áreas. Richard Florida lo hace subrayando la capacidad de las ciudades a la hora de atraer talento, o lo que él llama “clase creativa”. Las ciudades más competitivas del mundo se encuentran en una feroz pugna por atraer capital, sobre todo humano. Estudios empíricos han demostrado que los investigadores más intrépidos, los intelectuales más prolíficos y los emprendedores más exitosos no viven en páramos desiertos sino en ciudades vibrantes, con calidad de vida alta. Además, las industrias creativas son un contribuyente neto de la economía, y son el origen de más del 6% del PIB mundial. El valor económico que genera la economía creativa es mayor que toda la economía de Alemania o que los gastos militares mundiales. Pero no sólo es que mueven mucha plata, sino que además son una tendencia en crecimiento: las exportaciones de bienes y servicios culturales mundiales se han duplicado en la última década (UIS, 2016), y han alcanzado 155 millones de dólares en Bolivia en 2012. Todo ello enmarcado en la llamada edad digital, aquella en la que la propiedad intelectual es un elemento de diferenciación. 
Ello no necesariamente significa que la fórmula de estímulo de este sector de la economía que emplea a casi 2 millones de personas en América Latina y el Caribe (EY, 2015) sea mediante transferencias directas al artista. Estamos ya bastante avanzados en el siglo XXI como para ver modelos mixtos de financiación, involucrando también al sector privado, a través de leyes que impulsen el mecenazgo, todavía inexistentes en nuestro país.
Algunos de los países más liberales del mundo, como EEUU o Gran Bretaña no se cuestionan financiar museos públicos gratuitos para sus ciudadanos, cuando los consideran una seña de identidad y una fuente de conocimiento que da réditos directos e indirectos a la ciudadanía. En Washington DC a nadie se le ocurre quitar las subvenciones  (lo que equivaldría a cerrar) a sus casi 20 museos Smithsonian, que recibieron el año pasado alrededor de 30 millones de visitantes.
Evidentemente que la capacidad de decidir qué es cultura y qué no, no debe recaer en un selecto grupo de “iluminados” que repartan sus dádivas arbitrariamente. Pero para que la cultura sea sostenible, el Estado puede facilitar incubadoras de negocios culturales, iniciativas comunitarias y redes en las que fluyan los recursos y las ideas.
El sector cultural, como el resto de sectores, necesita de apoyo, y de coordinación, de modo que iniciativas puntuales y gustos particulares dejen paso a ecosistemas que beneficien a la mayoría.

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