5 de agosto de 2016

Río 2016: llegó el día de ver la luz al final del túnel


Eran las 8 pm del 08/08/08, un capicúa mágico en el Nido de Pájaros de Pekín, y 91.000 gargantas gritaban no se sabía muy bien qué, como confundidas entre tanta pasión. De aquella vez recuerdo un murmullo ambiguo, un cúmulo de emociones complejo. Se festejaba la posibilidad de victoria, de mejora. Se estaba celebrando la mayor y más diversa fiesta cultural que el ser humano ha podido concentrar en una sola noche, cada cuatro años. Se vivía una idea de integración que realmente no existe ni existirá. Se festejaba —aquella vez y hoy por la noche— una ilusión.

De la ilusión vive el ser humano, y la inauguración de uno de los 31 Juegos Olímpicos modernos celebrados en algo más de un siglo, es uno de esos momentos en los que el espacio temporal se distorsiona. Por fin ha terminado la espera, la zozobra, la especulación. Brasil sí pudo hacerlo, y lo hizo sin presidenta, sin terrorismo ni zika, sin equidad.

La entrada de los casi 11.000 atletas en el mítico Maracaná, aquel Titanic que estuvo a punto de hundirse tras chocar con Uruguay en su inauguración en 1950, durará algunos minutos muy largos. En 2007 ya nos dieron una muestra de lo que eran capaces en los Juegos Panamericanos. Aquella vez el cantautor Jorge Drexler puso el tono a una especie de ensayo general de la candidatura. Hoy Río, casi una década después, formaliza su pretensión global en una ceremonia que estará dirigida por el ganador del Oscar y el Globo de Oro, Fernando Meirelles, famoso por su profética película “Ciudad de Dios”.

Meirelles tratará de rodar en vivo y en directo, lo que será su obra cumbre. Dos horas de un performance que ensalzará la capacidad de todo un hemisferio ansioso por contar sus propias historias y que precederá al momento mágico del encendido de la antorcha. Y lo hará tomando el relevo de otros ilustres que dirigieron ceremonias inaugurales como el realizador chino Zhang Yimou —multipremiado en Cannes, Berlín y Venecia— o el director de la oscarizada “Slumdog Millionaire”, Danny Boyle.

Ese fuego que corona la antorcha, otrora encendida por un tembeleque Mohamed Alí o por un tirador de arco a gran distancia, simbolizará la intensidad del gran momento vital de todo deportista, la entrada al túnel del estadio que conducirá a estos afortunados individuos al desfile de banderas, portando las siete letras que forman el concepto más importante que uno puede lucir en la espalda: Bolivia.

En ese momento, el cerebro de Ángela, Wendy, Stefany, Marco, Ronald, Rosmery, Karen, José, Rudolf, Carina, Michel y Óscar estará aturdido con toda esa estampida de energía. Nuestros chicos esperarán en un pabellón al lado de la pista principal a que los altavoces del estadio y de nuestras televisiones los reclamen por orden alfabético.

Bolivia, entre sonrisas y nervios, será corpórea por unos instantes y saldrá entre el primer cuartil de países, con 12 curtidos guerreros que han exprimido sus posibilidades para estar entre los elegidos. Todos han dejado gotas de sangre sobre las pistas, tanto quienes alcanzaron la clasificación cuantitativa como quienes alcanzaron la cualitativa. Todos lo merecen. Será el momento de honrar a compañeros que no pudieron lograrlo y quedaron en el camino. A sus padres, que soñaron con darles lo mejor en la vida para verlos algún día allí. A sus amigos, que conservarán esa sonrisa tonta de enamoramiento en sus escuelas y trabajos durante tres semanas, y que jurarán orgullosos que comparten con ellos su cariño y fraternidad.

Nuestros 12 titanes sentirán esta noche esa insoportable presión temporal de estar condenados a recordar un instante toda la vida.

Mañana será otro día, y viviremos una resaca que nos durará dos semanas. Esa quincena en la que raramente se escucharán a ancianas, niños, funcionarios públicos, vendedores ambulantes y azafatas hablar de deporte, copiosamente, en bares, en reuniones, en ascensores, y construir y destruir esos mitos que soñaron con ser.

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